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El triunfo de la Hispanidad

Columna de opinión: Pablo Munini- Periodista de abcmundial.com

«Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.»

Pocas frases han capturado con tanta belleza el destino del mundo hispánico como estos versos de Pablo Neruda. En ellos no hay negación de la historia, con sus luces y sus sombras, sino la intuición de que las civilizaciones sobreviven menos por la riqueza que acumulan que por la cultura que son capaces de crear. El oro termina por agotarse; las palabras permanecen. Y con ellas permanecen las ideas, la memoria, el arte y una forma de mirar el mundo.

A veces la historia encuentra escenarios inesperados para recordarnos quiénes somos. Esta semana no ha sido un parlamento, ni una universidad, ni un museo. Ha sido un campo de fútbol.

Argentina derrotó con resiliencia, sacrificio y una inquebrantable voluntad al símbolo deportivo de la gran potencia anglosajona. España, fiel a una tradición que convirtió el balón en un lenguaje estético, superó a Francia con inteligencia táctica, paciencia y una armonía colectiva que recuerda a una orquesta donde cada movimiento encuentra su sentido en el conjunto.

No son victorias geopolíticas. Sería ingenuo interpretarlas así. Pero sí poseen un profundo valor simbólico. En un tiempo donde las identidades parecen diluirse bajo la uniformidad de la globalización, el mundo hispánico vuelve a recordar que continúa siendo una de las comunidades culturales más vivas, fecundas e influyentes del planeta.

La Hispanidad no es una nostalgia del pasado. Es una realidad contemporánea. Más de quinientos millones de personas comparten una lengua que se escucha desde la Patagonia hasta California, desde Madrid hasta Manila en las páginas de la historia, una lengua que hoy es hablada por cerca de seiscientos treinta y cinco millones de personas y que constituye el segundo idioma materno más hablado del mundo. Es el idioma de Cervantes y también el de García Márquez; el de Quevedo y el de Borges; el de Lorca y el de Neruda.

A lo largo de cinco siglos, España y América construyeron una relación compleja, discutida, imperfecta y profundamente transformadora. Hubo excesos, conflictos y episodios que la historia no debe olvidar. Pero también surgieron universidades, ciudades, instituciones, un inmenso mestizaje cultural y, sobre todo, una comunidad lingüística que hoy une a más de veinte naciones. Pocas civilizaciones han logrado conservar un espacio cultural tan vasto y tan vivo después de tantos siglos.

Esa comunidad no solo comparte un idioma. Comparte una sensibilidad.

Existe un hilo invisible que une el pase imposible de Andrés Iniesta con una página de Borges; la pausa de Xavi Hernández con la arquitectura perfecta de una frase de Cervantes; el genio irrepetible de Diego Armando Maradona con la libertad creadora de Pablo Picasso; la imaginación de Lionel Messi con el realismo mágico de Gabriel García Márquez. En todos ellos existe una misma búsqueda de belleza. Cambian las herramientas: unos escriben con tinta, otros con pinceles y otros con un balón. Pero todos persiguen el mismo milagro: transformar el talento en emoción.

No es casualidad que el universo hispánico haya regalado al mundo algunos de sus mayores escritores: Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, García Lorca, Borges, García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Isabel Allende, Gabriela Mistral, Octavio Paz o Neruda. Tampoco lo es que de la misma tradición surgieran Velázquez, Goya, Picasso, Miró, Frida Kahlo, Diego Rivera, Fernando Botero, Joaquín Torres García, Antonio Berni o Benito Quinquela Martín. Cada uno expresó una identidad nacional distinta, pero todos dialogaron en un mismo idioma cultural.

Y ese mismo idioma continúa hablándose cada fin de semana en los estadios.

Porque el fútbol, en el mundo hispánico, nunca ha sido únicamente un deporte. Es una forma de narrar. Cada partido contiene una épica, cada regate encierra una metáfora, cada gol posee algo de poema. Hay selecciones que juegan para ganar; otras, además, juegan para emocionar. España convirtió la posesión en una forma de armonía. Argentina hizo de la rebeldía una estética. Dos estilos diferentes, dos maneras de entender el juego, pero una misma pasión por la belleza.

Quizá por eso resulta tan significativa una pequeña escena que estos días se repite lejos de Madrid y de Buenos Aires.

En Milán, en el barrio de Porta Venezia, apenas cien metros separan dos bares. En La Tienda de Juan, los españoles se reúnen para vivir cada partido con esa mezcla de tensión y esperanza que solo el fútbol sabe provocar. A pocos pasos, en El Paso de los Toros, los argentinos hacen exactamente lo mismo. Cambian las canciones, cambian las banderas, cambian los acentos, pero la emoción es idéntica.

El próximo domingo ambos locales latirán simultáneamente. A un lado de la calle se celebrarán los goles de España; al otro, los de Argentina. Apenas unos metros separarán a dos aficiones que, vistas desde lejos, parecen distintas, pero que en realidad pertenecen a una misma familia cultural. Dos maneras de pronunciar las mismas palabras. Dos historias nacionales que desembocan en una lengua compartida.

Hace unos días, un español resumió esa fraternidad con una frase imposible de olvidar:

«Si juegan Argentina y España, nos dividiremos a mitad la estrella.»

No sé si existe una definición más hermosa de la Hispanidad.

Porque al final las copas pasan. Las generaciones cambian. Los campeones se suceden. Lo que permanece es aquello que Neruda comprendió mejor que nadie: las palabras, la cultura, la memoria y esa extraordinaria capacidad de una civilización para seguir creando belleza.

Si el siglo XIX perteneció al poder industrial y el XX a las grandes potencias, el siglo XXI recuerda cada vez con más frecuencia que existe otra forma de influencia: la de quienes conquistan el mundo no con la fuerza, sino con el idioma, el arte, la imaginación y el talento.

Y en ese territorio, inmenso e invisible, que se extiende desde Cádiz hasta Ushuaia, desde Ciudad de México hasta Montevideo, desde Bogotá hasta Sevilla, hay una comunidad que continúa hablando con una sola voz.

La voz de la Hispanidad.